Santa
Prisca
18 de Enero
virgen y
mártir
Roma, 54
En la literatura neotestamentaria ya
aparecen los nombres de Prisca y Priscila. Alguna vez agradece San Pablo la
entereza de alguna de ellas que puso su vida en peligro por defender la del
Apóstol. Con respecto al martirio de Prisca se entremezcla en el relato, como
veremos, la verdad y la ficción, la historia y la fábula.
Ha nacido en Roma y tiene 13 años. Aún
no ha dejado de ser una niña. Es de una familia ilustre. El juez la ha recibido
como cristiana descubierta y al verla tan niña piensa que es fácil convencerla
para que se convierta y apostate. Ante el templo de Apolo le hace la sugerencia
de ofrecer el sacrificio poniendo unos granos de incienso en el fuego y todo el
proceso habrá concluído. "Yo sólo soy de Jesucristo" sale de sus
labios con el suave timbre de voz de doncella y con la firmeza de un curtido
soldado.
En la cárcel la ponen para que medite y
haga el cambio. Corren los tiempos de Claudio.
El juez está ahora en un apuro; es tan
impopular ejecutar a una joven y tan difícil asimilar perder la partida con
quien tiene tan pocos años... Siempre habrá intercesores, mediadores ante el
juez y Prisca que está anclada en su decisión y va in crescendo su voluntad de
ser fiel.
Vienen conocidos llenos de misericordia,
prudentes llenos de compasión, amigos de la paz que rechazan la violencia;
todos ellos intentan bajarla de su propósito; le hablan de la felicidad que le
espera en la vida que sólo está empezando, le proponen una existencia plagada
de deleites, afirman sin rubor su belleza, restan importancia al asunto del
incienso e intentan suavizar la situación. Son los mediocres de turno, los que
se muestran como son por carencia de ideales; todo es falso en su vida menos lo
práctico que les reporta utilidad. Pero todo es inútil.
Prisca termina su corta vida con la
cabeza cortada fuera de la ciudad.
Fue enterrada en Via Ostia el 18 de
Enero.
Sus reliquias se conservan en Roma en la
iglesia a la que da nombre.
La menciona en su lista el martirologio
de San Gregorio y el martirologio romano.
¡Qué más dan los adornos posibles que la
leyenda acumula en los siglos sobre los detalles de su proceso y muerte! Que
importa si hubo o no morbo en el forzado proceso de reducción; si fue una o
tres veces la que estuvo en la cárcel; si su carne fue quemada con grasa
derretida; si su cuerpo fue o no rasgado con uñas de acero, ni si los azotes
fueron emplomados o no; si el fuego llegó a quemarla o se libró de modo
milagroso. Ni siquiera interesa el león que se volvió manso en el anfiteatro y
le lamió las manos y los pies. No importa el tormento del hambre, ni tampoco
los huesos descoyuntados. Sólo resalta en la historia la actitud altamente
llamativa, decidida, de enamorada que mantiene hasta la muerte una muchacha tan
madura que pospone el triunfo de su vida a la fidelidad a su Cristo, a su Dios.
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